Yo Esteban Werfell miré durante unos instantes el cielo nublado. Después, aparté la vista y abrí uno de los cajones de mi escritorio y saqué un cuaderno de tapa dura que tenía numerado como el duodécimo y era exactamente igual que los otros once ya escrito.
Me gustaban esos cuadernos, algunas veces pensaba que los estropeaba por las historias o reflexiones que escribía en ellos. Me disponía abrir uno nuevo, en ese momento pensé una cosa que me contó mi padre...
Decidí hacerle caso, miré hacia la estantería donde tenía los once cuadernos escritos. Ya no se trataba de ningún tesoro, no tenían brillo. Releerlas era como leer papeles sucios, sentía vergüenza y tenía ganas de dormir y olvidar.
Susurré: cuadernos de letra muerta. No era nueva esa expresión para mi, esa forma de pensar no me podía apartar de la tarea para la que me había sentado en la mesa. Era un hombre maduro sabía luchar contra mis propias fuerzas, lucharía para poder llenar ese nuevo cuaderno.
Cogí mi pluma de madera y la mojé en el tintero.
¡Fenomenal!
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